Por Fernanda Sández

“Todo. La mandioca, el maíz…Pero también nuestras gallinas, nuestros chanchitos, hasta las vacas. Todo se muere”, dice Rosa Britez, vecina de San Pedro, en Capiibary, una localidad rural a 500 kilómetros de Asunción, capital del Paraguay. Rosa tiene 34 años, tres hijos -10, 8 y 5 años- y una costumbre: encerrarse junto a ellos en su casita de madera cada vez que fumigan en el campo vecino, sembrado de soja, y el aire se vuelve irrespirable.