Por Laura Rodríguez Salamanca / Bocado

Son las 10 de la mañana de un día nublado, fresco. Tengo ocho años. Me siento en el prado de mi colegio, junto a la cancha de basquetbol y cerca de la casa de muñecas. El pasto está verde y aún algo húmedo por el rocío de la madrugada. A mi alrededor otros niños corren, tiran balones, se esconden con picardía.