Que un médico recibiera a sus pacientes fumando en el consultorio era algo frecuente décadas atrás y algunos incluso recomendaban el hábito. Las publicidades gráficas de mediados del siglo XX promocionaban los supuestos beneficios del cigarrillo para combatir el asma, los problemas de garganta e incluso para conservar la figura, además de prometer empoderamiento y estatus. Hoy el vínculo del tabaco con una serie de enfermedades está absolutamente comprobado, su publicidad regulada en una gran parte del planeta o directamente prohibida y el consumo, en franco retroceso. Esas publicidades, que en su momento fueron efectivas para introducir cigarrillos en todas las esferas sociales y momentos de la vida, generan ahora una reacción unánime de sorpresa; resultan atroces. ¿Sucederá lo mismo en algunos años al ver a niños y niñas alimentados a base de ultraprocesados y gaseosas azucaradas? 

Las normas que apuntan a ponerle un límite a los productos comestibles con exceso de nutrientes críticos son todavía recientes en la región, pero comienzan a vislumbrar sus efectos en la ciudadanía. En Chile, un estudio realizado a partir de los datos de venta de los supermercados Walmart mostró que el consumo de azúcar por cada dólar gastado se redujo 9% en los tres años posteriores a la ley de etiquetado y que las calorías consumidas cayeron en torno al 7%. Los analistas lo explican por dos motivos: los consumidores cambiaron su conducta de compra y se volcaron hacia productos con menos sellos y la industria reformuló sus productos para librarse de los octógonos negros.